Tuesday, October 24, 2006

Mi cabello lo merece ¿no?

“Mira mi niña, yo creo que va a ir poca gente así que anda no más… y si va harta no importa porque dime, ¿quién tiene el pelo tan bonito como tú? Oye, deberían darse con una piedra en el pecho de tenerte en uno de sus comerciales…” Y esta vez mi agente tenía razón: mi pelo es lindo. LINDO. Pero no ha sido gratuito, uno de mis fetiches es mi pelo: el shampoo en combinación perfecta con el acondicionador, crema para peinar una vez a la semana, masaje una vez cada dos meses (así no tenga que comer, pago el masaje) y todo para que, cada vez que voy a la peluquería, cuando el estilista me pregunte “oye, que bonito tu color ¿con qué te lo tinturas?” yo poder darme la satisfacción de responder “no, es mi color natural… jajaja”
Esa misma tarde busqué mi ropa más linda, arreglé con push up cada una de mis presas, puse un toque de spray casual en mi cabello y me dirigí al casting de shampoo. Comencé a caminar segura, como en cámara lenta: el sol lucía en el azul cielo, surcado por una bandada de hermosas aves y mi pelo brillaba y se movía al avanzar, así como mi falda de gasa liviana… ya me veía en el comercial diciendo “es cierto que es un poco más caro, pero mi cabello lo merece ¿no? Tan suave, tan brillante, como yo quiero, como él quiere”. Esta vez estaba perfecta y lo sabía. Llegué a la cabaña de los castings. Había a lo menos veinte muchachas esperando y me dio lo mismo, avancé con paso firme. Desde la entrada me llamó el gordito “disculpa!”. Giré la cabeza y mi pelo hizo un elegante movimiento girador también. Noté inmediatamente cómo las veinte quedaron prendadas de mi belleza capilar. “¿Dime?” le respondí al gordito. “¿Te quieres inscribir?” Le dije mi nombre y él me dio el número 32, pero ya iban en el 11. Me senté sonriente en una banca a esperar. A medida que iba entrando más gente al casting, yo noté que más de alguna me miró de reojo, algunas esbozaban sonrisas, a otras se le notaba algo de pesar, quizás, por sentirse perdedoras antes de tiempo, pensaba yo, incluso alguna le hizo algún pequeño comentario a alguna amiga por ahí. Hasta que llegó el momento. Entró el gordito y llamó “¡número 32!”. Me paré sexy y me acerqué al cuartito de casting. El gordo me preguntó “¿quieres ir a retocarte antes de entrar?” yo, agradeciendo su cortesía, porque claramente eso no era necesario, respondí “no gracias”, y él haciendo su labor insistió “¿segura?” y yo respondí que sí y ganadora me planté frente a la cámara para recibir instrucciones. Apenas lo hice noté cómo las miradas del camarógrafo y la productora se fijaron en mi cabeza y yo, como que no quiere la cosa, hice mover mi cabello para que lo admiraran aún más. En eso estaba cuando la productora, acercándose a mí, dijo curiosa “a ver… date vuelta” y tocándome preguntó “¿qué cresta teníh aquí?” al tiempo que sacaba una sustancia blanca y viscosa de mi nuca y la olía. “Princesa, tu pelo está lindo, pero todo cagado”. Me toqué rápido para verificar y de inmediato sentí que el piso se me movía, me acordé de la manga‘e pájaros en el puto cielo azul, de las miradas de las minas cuando llegué, del “¿quieres retocarte?” del guatón que inscribe y entendí todo. Sentí cómo mi cara se iba poniendo fucsia de vergüenza y quería salir, pero los pies no me respondían. “O sea, no te preocupíh negra, en serio, cero rollo… claro que no creo que podai hacer el casting igual, o sea, yo cacho que te lo teníh que lavar… bueno, pa’ la otra será” dijo la productora dando su estocada final. Más abochornada que nunca y sonriendo como monga para no llorar de plancha, salí diciendo “pa’la otra será, pa’ la otra será” y luego, a quien se me cruzó en la sala de espera y en el pasillo de entrada repetía “pa’ la otra será, pa’la otra será” hasta que salí del lugar. Llegué desarmada a la esquina. Miré un empolvado dentro de una pastelería, me imaginé comiéndomelo camino a mi casa y me gustó la idea, pero en mi chauchera sólo $180 y no los $350 que necesitaba. Miré el pastel en la vitrina, enfoque mi reflejo y miré mi cabeza cagada por primera vez: francamente no estaba como para casting… ni como para nada. Sentía cómo una lágrima estába a punto de caer por mi cara, cuando la vendedora del local salió a preguntarme que me pasaba, claro que no alcanzó a terminar cuando me vio la cabeza blanca y me dijo “pero si caca de pajarito no más, no se ponga tan triste que eso sale con cualquier jabón, hasta con OMO… venga pa’ dentro y le regalo alguna cosita”. Y así, comiendo mi empolvado de consuelo, me fui caminando hasta mi casa.

Tuesday, June 13, 2006

"Agu"

El tener platita en el bolsillo me inspiró para faltar al restauran por un par de semanas y liberarme de la escalofriante presencia de la macabra Lily por un tiempo. Además el que mi nuca estuviera de cuatro a siete veces al día en tv abierta me había devuelto la esperanza de hacer algo con mi carrera, entonces decidí llamar a mi agente para que volviera informarme de los distintos castings locales. Fue así como llegué a un casting de pasta dental “que va a estar bien fácil mi niña, porque pidieron sólo actrices, medio día no más de filmación… ay, que bueno que me llamaste! porque como tú ya hiciste un comercial, ya saben que trabajas bien…¿viste? Se lanzó tu carrera!”.
Hacía 25 minutos que estaba sentada esperando a que un gordito que caminaba rajado de un lado a otro con un cuaderno en la mano parara para poder inscribirme, cuando llegó Camila, mi nueva amiga de casting, quien se sentó a mi lado y comenzó a contarme como si hubiéramos llegado juntas, como si nos conociéramos de toda la vida que igual le daba cosa inscribirse, que era primera vez que le tocaba hacer algo como esto en un casting, o sea, en una producción sí, pero en un casting, no. Le pregunté de qué diablos hablaba y dijo “¿no te contó tu agente? Es un casting de actuación y de besos, por eso es tanta plata, te tienes que poner de acuerdo con uno de los actores que llegue para decir un diálogo y al final besarse” Mi primer instinto, antes de pensar si quería hacerlo o no, fue tirar aliento a mi mano y olerlo de inmediato con la nariz. Gracias a Dios no estaba mal. “¿tú lo vas a hacer?” le pregunté a Camila buscando respuesta para mí. “¿sabíh que más? – contestó- si llega un minoco güeno sí, sino, ni cagando… a propósito de cagando, ¿anda con churrete este guatón que va tan apurado?” dijo mientras se plantaba en medio del camino del gordito parándolo en seco. “¡Oye apurado! Inscríbenos” el gordo intentó esquivarla pero Camila ganó: “tu nombre y el de tu amiga… rápido porfa… ya, son el 63 y 64” nos dijo cuando ya estaba caminando rajado de vuelta, con diez personas atrás alegando por qué no los inscribía a ellos también. “Si no hago eso, es decir que estamos esperando para siempre al guatón cul… uuuuuuh, ahí llegó mi pareja”. Miramos a la puerta y ahí estaba: nuestro besador. Alto, trigueño, sonrisa de medio lado y… “oye Agu, vas a tener que hacerlo con dos chicas porque han venido pocos hombres hoy” decía el gordo casi al mismo tiempo que Camila y yo saltábamos de nuestros asientos “¡¡Nosotras!!” Agu se nos acercó canchero, seductor, argentino, nos saludó de beso a cada una y le dijo al gordo “Sí, con ellas” a lo que él respondió “como quieras” antes de seguir con el churrete. Mientras esperábamos, Agu nos contó que era modelo hacia varios años, pero que quería ser actor, para eso llevaba un año con un profesor particular de voz y canto, estudiaba actuación, movimiento e historia del teatro. No estudiaba más porque debía dejar tiempo para trabajar y mandar plata a su madre, “porque cuando no se tiene mujer, lo más importante es la madre ¿no?” declaraciones con las cuales Camila y yo cruzamos miradas y suspiros. Aún no volvíamos del ensueño cuando Agu se levantó de su asiento para ir retocarse un poco pues quedaba poco para nuestro casting. Me miré en los espejos de la salita y le dije a Camila que si el churro Agu lo necesitaba, yo más y partí al baño a darme una manito de gato. Iba subiendo las escaleras, cuando me adelantó una muchacha, se me plantó al frente y me dijo “se ganaron a Agu las perras… vamos a ver” con cara de amenaza, y avanzó hasta encerrarse en el único baño desocupado que quedaba. Mientras esperaba en el pasillo, comencé a sentir un ruido extraño, algo como gutural, muy curioso. Identifique de dónde venía, me aseguré de que nadie me viera y pegue mi ojo a la pequeña ranurita que quedaba entre la puerta misma de ese baño y el muro. Me encontré con un espectáculo de terror. Agu, nuestro besador, el churro argentino, el más guapo, el más bondadoso, el más apetecido y peleado por todas, raspaba su garganta para soltar flema y tragársela y, no contento con eso, se escarbaba la nariz con un entusiasmo de niño de tres años, miraba su cerdo moco y se lo metía a la boca saboreando y diciendo “mmmm”. ¡¡¡¡¡DICIENDO “MMMMM”!!!!!!! Me dio tanto asco que tuve que dejar de ver. Me dio cosa, me dieron ganas de golpearle la puerta y gritarle “Agu, así no se comporta un actor!!” pero en lugar de eso me metí al baño de al lado que se acababa de desocupar, me miré al espejo y pensé en que quizás cuántas veces uno, sin saber, ha posado su higiénicos labios en bocas comemocos, o que no se han lavado los dientes en días, o que minutos antes han lamido otras va… ¡NO!, esta no sería una de esas veces, ¡¡NI CAGANDO!!. Salí corriendo del baño y bajé al primer piso a advertir a Camila. Cuando llegué abajo encontré a la de la escalera y a Camila peleando a Agu que se encontraba medio de las dos diciendo “pónganse de acuerdo ustedes, a mi me gustan las dos”, mientras que la de la escalera replicaba “sí Agu, pero yo beso mejor y además tengo el 59, te puedes ir antes de aquí” a lo que Camila respondía “no hagas el ridículo, Agu decidió apenas llegó, lo va a hacer conmigo – y mirándome agregó- y con ella” a lo que yo respondí, bajo la atónita mirada de Camila, que “gracias Agu, pero en realidad es una escena muy fuerte para mí así que no la voy a hacer” y de inmediato, mientras los tres seguían discutiendo, tome posición a espaldas de Agu y la de la escalera y frente a Camila y comencé a hacerle señas de todo tipo tratando de graficar lo que había visto en el segundo piso, a lo que ella me respondió, primero con disimulada extrañeza, y luego curiosidad, hasta que de pronto, una muchacha que estaba sentada en la parte de atrás y que había visto toda mi mímica, sacó un pañuelo de su cartera y se sonó sonoramente y con cara de “¿entendiste?”, con lo que mi amiga se dio por enterada de la situación y atinó a decir “en realidad, Agu, ella ya ha trabajado contigo antes… no sé… se tienen más confianza…”. La agarré del brazo y salimos del lugar. Esa noche, en un bar amigo, Camila y yo vimos entrar a la de la escalera y venir directamente hacia nosotros. Se nos paró al frente con la misma mirada amenazante de antes y nos dijo “estuvo delicioso” a lo que respondí “no me cabe ninguna duda”.

Wednesday, March 29, 2006

Nuevos Créditos de Consumo

Después del episodio del huevo duro no fui más a castings por un tiempo. Estaba demasiado avergonzada a pesar de que Camila, mi nueva amiga de casting, me había dejado claro que pasé piola. La vergüenza era más fuerte y decidí quedarme un tiempo “fuera de las cámaras” y dedicarme a mi oficio (no profesión) de mesera. Como mesera me sentía bien, ahí tenía buenas amigas, todas estudiantes o recién tituladas, era una pega con horario cómodo, pues entraba a trabajar a las 7 de la tarde, lo que me dejaba el día libre para otras cosas, podía pedir reemplazos cuando fuera necesario y, además, me ganaba mis luquitas. Lo único malo era la dueña. Una pelotuda… tenía como 312 años, pero representaba 68 y se creía de 25: cara de turca-judía, piel morena y pelo bien rubio a lo Linda Evans, pero con el peinado de Tina Turner en el 86, usaba el último modelo de sostén “push down” y sus pantalones de cuero negro incluían jocosas cintas rosadas en su parte inferior, pero cero poto en la superior. Se llamaba Lily y jodía. Jodia por todo Dios santo! Uno atendiendo sola a treinta tipos y ella sentada en una mesa: mijita, anda a subir la luz que está muy baja…, mijita, bájala no más de vuelta que estaba mejor antes…, mijita, dile al barman que el vino en copa lo sirva medio centímetro sobre la guatita de la copa…, mijita mijita!! ven, ven no más, después yo le digo…, mijita, ¿sabes? Dile tú mejor altiro, para que sepa… vieja de la conchesu#&”=%##. Y en eso estaba, explicándole al barman sobre el medio centímetro de la guatita de la copa, cuando vibró mi celular en el bolsillo de mi mandil, me escondí rápidamente detrás de la barra para que la vieja de mierda no me fuera a pillar y respondí. Era mi agente. Le dije de inmediato que no quería castings esta semana, pero ella me interrumpió diciendo que el comercial de este banco era sin casting, que me podía presentar por archivo, o sea, mostrando el video de algún casting anterior… ya po, pensé, total no hay nada que perder, así es que asentí y colgué para que la vieja me siguiera jodiendo. A la mañana siguiente me despertó el celular comunicándome el milagro. “Ya mi niña, quedaste en el comercial, así que hoy en la tarde tienes tu prueba de vestuario” Casi me caí de la cama de la impresión, no lo podía creer, el sueño de las 300 lucas por medio día de filmación se hacía realidad… epa! No son 300 mi niña, son 100 no más porque tu personaje es secundario, o sea, igual es súper importante pero no es el protagonista. Pero es vitrina mi niña, te va a ver todo el país y de aquí para a delante po, olvídate de los castings, ahora te van a llamar directo! … “llamar directo… llamar directo…” resonó como eco en mis oídos, sería algo que superaría con creces mis pronósticos. Apenas le colgué a mi agente volvió a sonar el teléfono: ¡¡era la vestuarista del comercial!!, quien me ves-ti-rí-a… no me aguanté y, la perna, le pregunté si habría alguien que me maquillaría también, a lo que ella, riendo, respondió, “y alguien que te peine también”. Tuve la tentación de preguntar por un trailer con mi nombre en la puerta, pero me contuve. Colgué el teléfono me vestí con mis correspondientes “push up” y “poto up” y me fui a la productora donde me encontré con la otra muchacha que también grabaría y, desde ahí, nos fuimos todos al lugar de locación para hacer el famoso comercial. Fue fabuloso, todos era muy amables conmigo, me ofrecían de comer, de tomar, me vistieron, peinaron, maquilaron, hicieron un poco de masaje, las luces me apuntaban y ellos medían la luz en mi rostro, una muchacha me sacaba fotografías, me sentía Julia Roberts, pensé que desde aquí mi carrera se iría al estrellato, me imaginaba caminando por la calle oyendo a la gente comentar susurrando “mira, es la niña del comercial del banco, que bien lo hacía”, hasta que oí “acción”. La otra muchacha y yo estábamos sentadas en una tomando café y yo le pregunté “cómo lo pasaste!?” con mi cara más expresiva y llena de entusiasmo (en el fondo, jugándomela a concho) y ella respondió “el viaje estuvo increíble, y el crédito lo puedo pagar en las cuotas que yo misma elegí” Lo hicimos varias veces y la vez final todo nos aplaudieron. Fue tan bueno que el día que lo iban a pasar por la tele reuní a mi familia y amigos para que lo viéramos juntos, les advertí que era el comienzo de mucho, que el director me tenía en vista para su próxima película y los agasajé con pisco sour y canapés de choclitos enanos y palmitos. El comercial salía justo a las 9 después de la teleserie y eran las 8:45 y estábamos todos, copa en mano, expectantes, y no faltó alguno que tiró el chiste por ahí que luego sería protagonista de la teleserie y no del comercial… jajajajaja. A las 8:58 comenzaron los créditos y luego el comercial. “Nuevos créditos de consumo, “el viaje estuvo increíble, y el crédito lo puedo pagar en las cuotas que yo misma elegí”… sin la pregunta inicial. Lo único que se vio de mi fue un pedazo de mi nuca. Hubo un silencio general. Silencio que se quebró cuando el mismo tallero dijo “¡igual es la nuca más famosa del país!”. Finalmente todo el mundo me dijo que daba lo mismo, que igual me habían pagado platita, que ya vendrían más oportunidades y todas esas cosas que a uno le dan lo mismo porque quería salir en la tele y ganarse 300 lucas y no mostrar la nuca por 100. Al otro día fui a buscar mi cheque. Obviamente, en la calle nadie me miraba. Pensé que quizás lo había hecho muy mal, que por eso lo habían cortado, después me di ánimo pensando que todo el mundo dice que en la tele el tiempo vale oro y que, seguramente, por una cuestión de tiempo tuvieron que cortar la pregunta y dejar sólo la explicación… y en eso estaba cuando llegué a donde la secretaria de la productora y me entregaron mi cheque: 600 lucas. ¡¡Pa más re cacha el cheque está malo!! Oye, le dije a la secretaria, este cheque está malo… “no me digai ná” me respondió, “que yo caché que estaba raro y lo fui a revisar, pregunté y todo, pero todos me dicen que está anotado que ese es tu cheque y el mes administrativo de acá está cerrado, así que llévatelo tranquila no más”. ¡¡¡¡600 LUCAS!!! ¡¡¡Que me importa que me muestren la nuca!!! Y en dos semanas no vi la cara de la dueña del restorán.

Friday, February 17, 2006

Hay olor a huevo duro!!!

Para qué vamos a venir con cosas: una engorda porque come. Parece lógico pero no lo es, porque haces memoria y concluyes que hace como tres meses que una come una vez al día, o come sólo ensaladas, o eliminó de cuajo las masas… y no entiendes. Entonces una va a la farmacia amiga, mete los $100 a la pesa y pesa un kilo más. Y es que esa semana que comí sólo tomate y atún, tipín miércoles el cuerpo como que me pidió que fuera al kiosco y me comprara unas bolitas Hershey´s y dos súper 8. Y resulta que el viernes me vino a ver mi hermana del campo y me trajo porotos granados hechos por mi mamá, y no le iba a ser el desaire… sobre todo si venían con sanguchitos de pan amasado con queso mantecoso, pensé. Y era el lunes de la semana siguiente y pesaba un kilo más. Volví derrotada a mi casa, creyéndome perdedora, sin fuerza de voluntad. Pasé junto al “rey del cuchufli” y, creyéndome sin caso, me compré un paquete de tres, de esos que vienen rellenitos hasta arriba. Mientras crujían en mi boca, me miraba en las vitrinas del camino y, aunque el reflejo era lejano, lograba ver mi celulitis a través del jeans. Pensé que de todas maneras no tenía un motivo real para estar mina, no había perro que me ladrara ni gallo que me pis… cantara. Miré en un paradero la foto de la protagonista de la nueva teleserie y la vi tan linda, tan menudita y pensé que jamás me llamarían porque yo no tenía esa cinturita… entonces me cayó la teja: si a ella, que actúa como el forro, la llaman porque es flaquita, entonces yo también lo seré, yo también seré menudita, yo también seré menudita!! Grite en mi mente. Esa era la motivación que necesitaba, no hombres, no tallas menos de pantalones, sino trabajo, que me llamaran para actuar. Y saqué la conclusión más lógica pero, a su vez, la que más cuesta aceptar: uno engorda porque come. Entonces miré el cuchuflí que me quedaba, miré el basurero del paradero, volví a mirar el cuchuflí… y decidí que, ya que lo tenía en la mano, me lo comería, pero le dediqué una mirada profunda, como un símbolo del fin de las golosinas. Estaba decidida, bajaría de peso a como diera lugar y nada ni nadie lo impediría. Llegué a mi casa como renovada, como si mi vida hubiera dado un giro y me sentí de inmediato algo más delgada. Fui al súper y compré varias escarolas, aceto, atún, pechuguitas y lo mentalicé de inmediato como la base de mi alimentación, por lo menos por un par de días. Y así pasó la tarde del lunes, todo el martes y el miércoles. El jueves me levanté y de inmediato me miré al espejo. Estaba mejor, sin duda. Me sentía más liviana y no con esa caña de comida que una tiene cuando se da panzadas de noche y amanece con tufo a boloñesa. Estaba bien. Sentí un trueno en mi tripa y supuse que sería un pequeño gas producido por el exceso de lechuga, pero me dio lo mismo porque hasta me sentía con buen estado físico, lo que me vino de perilla el jueves en la tarde, cuando me llamó mi agente para contarme que al otro día había un casting para un comercial de nectar, al que estaban llamando sólo a actrices, había que ir con buzo “pero igual anda con uno bonito, onda minita”. Y me sentía mina. Perfecto. Finalmente todo es una cosa de actitud, pensé, así que esta vez yo sería la elegida. Al día siguiente me puse el buzo de raya al lado, ese que es apretadito de poto, pero de pata medio ancha y una polera bonita sobre mi sostén de casting (ese que te aumenta un pelín y te sube), apliqué maquillaje suave, onda sport y partí. Llegué al lugar y, curiosamente no había nadie esperando. Justo detrás de mí llegó otra muchacha con un buzo similar al mío, bajo el cual pude reconocer el ajuste de sus calzones de casting y pensé que yo también debería tener unos así. “¿Dónde hay que inscribirse?” me preguntó la muchacha y estaba a punto de decirle no sé cuando salió el gordito de siempre apuntándole la nariz con el lápiz bic. “Tu nombre” le dijo y ella, decentemente, le indicó que yo había llegado primero. Me agradó el fair play. “Oye, ¿y no hay nadie más esperando?” pregunté. “Es que llamamos a ciertas personas no más, porque el casting lo tienen que hacer con el actor, ya saben, el que es rostro del jugo… sale la que está adentro y sigues tú” y se fue. ¡¿QUÉ?!¡¿CON ÉL?! No lo podía creer, si él era mi sueño desde las tres últimas telenovelas, lindo, sexy y tan encantador… me miré en los espejos de la salita de espera y me subí un poco más las pechugas para aplanarme, además, el vientre y miré por el espejo a la de los calzones que hacía lo suyo con su poto. Me miró y me dijo un ahogado y emocionado “weona que nervio!” al momento que salía desde adentro de la salita contigua la enamorada muchacha que acababa de hacer su casting y que dijo como hipnotizada “dicen que pase la siguiente” Me quedé parada con los ojos abiertos, inmóvil, como weona de puro nervio. La de los calzones de movió y me dijo “tranqui galla, si eríh regia” a lo que respondí un tímido “gracias” y entré. En el umbral de la salita respiré, recordé que ahora era mina y avancé con paso seguro. “Hola, yo soy Lorena, la publicista, te voy a explicar de una carrera lo que tienes que hacer que es bien fácil… bueno, a él ya lo conoces me imagino” Él giró en cámara lenta y se acercó mirándome “Hola, bienvenida”… ¡¡¡WACHITO RICO!!! Quería tirarme arriba de él, decirle que lo amaba y comérmelo, pero en cambio le dediqué un cool “Hola, como estai?” “Bueno –continuó Lorena- aquí hay dos banquitas, cierto?, entonces tú vas a poner los pies en una y las manos en la otra, ya? y tienes que hacer flexiones, te fijai?, ahí es donde llega él y te dice que eres buena deportista, que si te puede acompañar, ya? hacen un par de flexiones los dos, después tú te sientas, te secas la supuesta transpiración, me entendíh? él se sienta a tu lado y te ofrece un refresco… eso no más”. Ya. Miré la banca, me puse en posición, hice una flexión y sentí de inmediato que tenía todo dominado. Puse mi cara de foto y Lorena dijo “acción!”. Hice las primeras flexiones y comencé a oír pequeños truenos en mi estómago, truenos que iban en aumento a medida que aumentaban las flexiones, ay Diosito, ay Diosito por favor que no se me salga nada, decía yo en mi mente sin modificar un músculo de mi cara de foto, maldita lechuga, maldito huevo duro… mierda, va a salir con olor a huevo duro!! “Hola, ¿te puedo acompañar?” y el minazo se acercó y me hizo un cariño en la cara. “Claro…” y se puso en posición de flexión al tiempo que yo sentía como un pequeño gas de desarrollaba en mi vientre. Apreté mi trasero con toda mi disimulada fuerza tratando de evitar una tragedia… pero no hubo caso. El gas se escapó en mi primera flexión junto a la de mi actor favorito. Y con olor a huevo duro. Sentí cómo un color fucsia cubría mi rostro. Tomé fuerzas de flaqueza en una fracción de segundos y, completamente profesional, me senté en la banca, sequé la transpiración de mi frente y dije “¿Me das un refresco?”. Apenas salí de la salita oí un estallido de risas que provenía desde adentro y quise morir. Una vez en la calle me desarmé. Estaba tan avergonzada que quería desaparecer… Maldita dieta… y tenía que ser justo frente a él… y todo quedó grabado! Me senté en el paradero a lamentarme. Ahora sí que la cagué, o sea literal, mi carrera insipiente está destruida, pensé, nunca más me van a llamar si quiera para hacer un casting. Miraba las micros que pasaban a ver si algún número me servía cuando oí “Oye, qué onda tu casting…” Era la de los calzones que se sentaba a mi lado. “Se pasó el gallo, tan mino y tan cerdo!, si cuando entré había un olor asqueroso y el muy caradura decía que él no había sido, obvio que nadie le creyó, la Lorena esa le decía que era último de hediondo y que tú te habías pasado pa profesional porque hasta te había hecho poner roja… se pasó!” No lo podía creer. De pronto como que se abrió el cielo, una luz cayó sobre mí y pude respirar. “A propósito – me estiró la mano- me llamo Camila, ¿y tú?”

Monday, January 23, 2006

Si está justificado... II

(viene de la entrega anterior) Me di cuenta de que cuando hablaban, miraban la misteriosa carpa blanca. Me acerqué a una de las que esperaban y le pregunté qué pasaba. “Es que se oyen ruidos extraños desde adentro, como gemidos”. Apenas habiendo dicho eso, salió una niña de la famosa carpa, a la que todas se abalanzaron preguntándole qué onda adentro. “Bueno, primero te hacen hacer tu escena y después teníh que sacarte pa´rriba y hacer como que tirai arriba de un banca… es fuerte igual”. Tales declaraciones causaron fuerte impacto: algunas de las que esperaban agarraron sus cosas y se fueron, otras decían que iban a “quemar su carrera” y otras, derechamente, no querían que les miraran las pechugas. Personalmente, tomé el asunto como un desafío personal, después de todo no tenía carrera que quemar, ni siquiera académica, ni tenía grandes pechugas para que me miraran y, por último, no tenía nada mejor que hacer esa tarde, así que me senté a esperar. Conforme fueron pasando las horas, la tensa espera comenzó a hacerse latera y, tipín 20:42 comencé a repasar el acentillo de taquillera adolescente de población para refrescar lo practicado y matar el tiempo. En eso estaba cuando de la carpa llamaron a la penúltima niña de la lista de espera (yo era la última). Me dio ataque. Me comieron los nervios. Encontré que mi ropita era macabra y mi acento peor, me pregunté qué mierda hacía ahí si era la peor del curso y temí por mi integridad psicológica, ¡¡¿qué mierda hago si ya llevo 7 horas esperando?!!. Como yo era la última, entonces no quedaba nadie en el corredor y me acerqué sin pudor a la puerta de la carpa, desde donde escuché fuertes “¡ay!¡ay!¡mm!¡que rico!¡más!...” y de pronto alguien interrumpiendo “oye, oye, sabes que está súper bien, pero trata de no hacer tanto escándalo, trata de gritar menos”, palabras que me espantaron terriblemente, morí de miedo, no entro ni cagando, que plancha, que terror, que… “¡siguiente!” salieron llamando de adentro de la carpa y yo casi en la puerta de salida! Tenía que decidir en una fracción de segundos si huía corriendo o me devolvía digna a hacer lo que había preparado. “¿Tú eres la última?” preguntaron. “Sí, soy yo”, después de todo ya había esperado todo el día. Me comí la plancha y entré.
Adentro, un gordito chascón muy simpático me dio las instrucciones: debía hacer mi escena, aquella de la ropita y el acento, mirando a cámara. No me dijo nada de la segunda parte, entonces pensé que seguramente estaría hasta el coco de mirar pechugas y rollos, que de seguro yo no lo haría y tranquila con esa creencia hice mi escena. “Salió buena” pensé. “¿Quieres hacerla de nuevo?” preguntó. “Mierda, salió como el hoyo” rectifiqué. Y quise tirarle la pelota a él: “no, a no ser que tú quieras repetirla” dije. Él negó con la cabeza y me dijo que pasáramos a la segunda parte…. Y pensé que me había salvado… cagué. El gordito me dio las instrucciones: “¿entendido?” preguntó. Un ahogado “sí” salió de mi boca y me preparé para la escena: me saqué la polera (me viera mi papá!!), me saqué el sostén (mi tía abuela se muere…!), me levanté la mini y me monté, una pierna a cada lado, sobre una banca. Y comencé, sin poder creerlo, a fornicar a la suertuda banquita. Mientras lo hacía pensaba en “trata de gritar menos” y controlaba mis gemidos, pensaba también en endurecer las piernas y hundir la guata, y, por último, pensé en que seguro hacer eso que estaba haciendo era pecado, así que ahora sí que me iban a negar la entrada al cielo, justo en el momento en que terminaba mi performance con un cachondo “Qué bien me lo haces…!”, y el gordito dijo corte. Yo me reía sola mientras me vestía, no podía creer lo que había hecho recién. Terminé de ponerme la ropita de taquillera adolescente de población y, cuando me estaba yendo, el gordo y la muchacha me pararon y dijeron: “normalmente no hacemos ningún comentario en los castings, pero tenemos que decirte que, después de 10 horas de ver niñas, es un agrado terminar con una actriz tan buena como tú. Encontraste el personaje preciso en la primera y lo segundo fue muy profesional, así que nos vamos contentos”. ¡¡¿QUÉ?!!¡¡¿A MÍ!?! No me quedó más que decir un tímido “gracias, yo también lo pasé bien” y, apenas cruzar la salida, reírme como las locas.

Si está justificado... I

Recuerdo mi primer casting. Había entrado hacía dos años a la escuela de teatro y lo cierto es que no era una de las alumnas destacadas de la institución: preparaba mis personajes con mucho ahínco, luchaba porque el prescindible “guardia n°7” o el irrelevante “amigo n°2” tuvieran un lugar memorable dentro de la obra que montáramos. Y no crean, mis esfuerzos lograban aceptación dentro del público que iba a ver los exámenes de mi curso, sobre el “guardia n°17”, por ejemplo, la abuela de un compañero mío comento, cuando yo pasaba por su lado “¡Ahora me puedo sentir segura, ha llegado la policía!” palmoteando mi espalda. Pero esto no lo entendían los profesores. Llegado el momento de la evaluación, ellos comenzaban: “Hay un alumno reprobado en el curso”. Todos temblábamos. Yo más. Giraban el rostro hasta enfrentar mi cara y continuaban mirándome: “tus personajes son olvidables, no logras transmitir emociones y no es porque tu papel haya sido chico, porque no existen los personajes chicos, sino los actores chicos… Supusimos todo el semestre que ibas a echarte el ramo, sin embargo, tienes un 4.2 y tú no eres la reprobada”. A tal descalificativo y, luego, salvador rosario, proseguía mi consecuente sonrisa y relajo muscular y la tensión neurótica de mis compañeros durante los siguientes 45 minutos que duraba la latera explicación de por qué el reprobado era la persona que nombrarían al final del discurso. Y así me fui salvando semestre a semestre, con la sensación de que no era porque fuera mala, sino porque mi trabajo no era comprendido; hasta que un día temprano, vi un cartel en mi escuela que decía en letras grandes la palabra CASTING y una dirección que anoté en mi agenda. A la hora de almuerzo, sin pensar demasiado fui a la dirección y dije que venía por el casting. Se acercó una muchacha muy amable y me entregó dos escenas de 3 páginas cada una diciendo: “gracias por venir, tienes que aprenderte esto y volver el jueves para la prueba”. Tres días para prepararlo… bastante tiempo. Pero cuando ya me despedía, la muchacha atacó “Ah! Tienes un desnudo de la cintura para arriba, algo poco, no te importa, cierto?”. Tragué saliva, puse cara de cool y respondí con el clásico: “si está justificado en el texto no hay problema, siempre que sea un desnudo artístico”. ¡Dios mío, sólo tres días para hacer dieta, abdominales, ponerme crema reafirmante y además preparar dos escenas! Pensé en renunciar. Pensé en olvidarme. Pero después pensé también en que no tenía nada que perder, en que mi carrera aún no comenzaba y que cosas peores que las que me habían dicho en la escuela, ya no me dirían. Y preparé mi casting.
Ese jueves llegué a las 14:23 con mi ropita de taquillera adolescente de población y el texto aprendido con su sutil acento adhoc. Abrí la reja y me encontré con la muchacha de los textos sentada en una mesita. Ella me inscribió, me dio la bienvenida y me invitó a pasar a un corredor al aire libre desde donde se veía una carpa blanca cerrada instalada para la ocasión. Me acerqué a las demás actrices que esperaban (que era muchas) y sentí una tensión incómoda y unos cuchicheos extraños entre ellas. Al principio pensé que era efecto de mi inseguridad. Cuando me aseguré de que no era así, lo atribuí a mi ropita tan bien estudiada. Hasta que me di cuenta de que no tenía nada que ver conmigo y que cuando hablaban, miraban la misteriosa carpa blanca. Me acerqué a una de las que esperaban y le pregunté qué pasaba. “Es que se oyen ruidos extraños desde adentro de la carpa…” (continúa en la próxima entrega).

Thursday, January 12, 2006

No soy Carla Villanueva!

A veces me pregunto ¿para qué ir e ir y seguir yendo a los castings?¿cuáles son las posibilidades de que, entre chorrocientas mujeres con bellezas de todos tipos, justo, justito, justitito la que necesiten sea yo? Debe ser porque me cuesta renunciar a las cosas, porque la insistencia es mi bandera de lucha y… por siaca.
Y es que creo que siempre he sido así, insistente, tonta de idea fija, terca hasta el final, aunque a veces no valga la pena. Los deportes son el mejor ejemplo. Comencé a hacer gimnasia olímpica cuando tenía cuatro años. Todos los adultos me admiraban en las presentaciones porque era la más chiquitita del equipo, y, cuando caía, se reían y me aplaudían para alentarme. Sin embargo, los años pasaron y, a pesar de que me levantaba tempranito a entrenar y me inspiraba viendo la vida de Nadia comanechi cada vez que la daban en “tardes de cine”, las caídas pasaron a ser porrazos, las risas se convirtieron en sentidos “uuuhhh” y las únicas medallas que obtuve fueron las de chocolate que compraba en el kiosco afuera del gimnasio. Después hice voleibol. Esa era la mía: estaban todas mis amigas del colegio y el entrenador era lo más guapo que había visto, además de seleccionado nacional. Entrenaba tres veces a la semana y no faltaba nunca, mis brazos de volvieron de acero con los golpes de la pelota, ensayaba cada día los piques porque, según mi papá, siempre corrí con las patas chuecas y hacía miles de sentadillas para fortalecer mis muslos y resistir los diabólicos remaches del rival. Pero cuando llegaba el momento de competir… a la banca. No importa!, hacía barra, además igual ganábamos los partidos, así que me iba a celebrar a la cancha como si yo misma hubiera marcado el último punto. “Pal otro me tocará”, decía yo, pero llegaba el otro y yo… en la banca. Terminé siendo la aguatera, y la verdad es que estaba bien porque era pésima jugando. Hasta que se me ocurrió meterme a cien metros planos. Entrenaba todos los días en el estadio local, mi elongación era buena por mis años de gimnasia, así que hacía buenos calentamientos e intentaba copiar todos los movimientos de Carla Villanueva, temida y respetada, corría como el viento y tenía estilo. Hasta que un día nos fue a visitar el rector del colegio, miró como calentábamos junto al entrenador y quiso ver una competencia. Palmoteó la espalda de Carla Villanueva. “Ya todos conocen a nuestra campeona de siempre” dijo y dijo también “¿Quién quiere correr contra ella? A ver si hay campeona nueva pueh!” Todas nos miramos en silencio. Nadie se atrevía a tal osadía (o estupidez, quizás), nadie, excepto… “veo una mano levantada”, dijo el rector. Obvio que era la mía. Caminé a la pista en cámara lenta, tome posición de partida, miré de reojo cómo Carla se sonreía, miré el final de la pista y noté el calor del suelo que subía simulando el reflejo del agua. De pronto la ambición comenzó a invadirme y quise ganar: cerré los ojos, sentí cómo una fuerza interna se iba apoderando de mi cuerpo y tuve la certeza de que correría como nunca lo había hecho antes ni lo haría después, de que ese día sería héroe, de que vencería a Carla Villanueva y mi historia cambiaría. Abrí los ojos, oí el balazo y comencé a correr gritando.

Carla Villanueva me venció por mucho. MUCHO. Y, disimuladamente se burló de mí. Todos lo hicieron. Pero el rector reconoció mi esfuerzo, dijo que había sido valiente y, ante el estupor general, me rindió un homenaje invitándome a comer helado en la plaza del pueblo. Tantos años insistiendo finalmente daban recompensa, ¿por qué habría de ser distinto ahora?